Un poco de frío que no, comprobado, no viene de fuera; sí, la cabeza… y las piernas y la espalda: están ahí, no muy bien. Una hora más. La fiebre está subiendo en serio -y no sé aprovecharla como Piranesi o T. E. Lawrence- ya no hay duda. Gana el virus*. Es gripe. Gripe, del francés grippé, atascado, bloqueado, gripado, agarrotado… Lo que se llama un trancazo, me dice todo el cuerpo. Trancazo, de tranca, palo grueso y fuerte, con nombre de origen celta, cf. galo tarinca… Esa es la palabra, y trancazo es una palabra que me gusta. Es lo único que me gusta del trancazo.

No me resisto. Miro el sol de febrero desde la ventana, frenada y quieta; como un coche gripado, como las puertas de casa de la abuela cada noche, atrancadas con tranca, bloqueadas hasta la mañana. Y tranquila. No lo parece, pero es invierno. El trancazo es un mal del tiempo y, tiempo de trancazo, eres tiempo frenado a la fuerza, a trancazo, a culatazo.

Fuera, un herrerillo salta de una rama a otra, mientras pienso en palabras heredadas y cómo, y en su significado. Ay, la fiebre… 😉

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* «…el 30% de todas las adaptaciones proteínicas sucedidas desde que los humanos se separaron de los chimpancés han sido impulsadas por virus».

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