Ouroboros I

Esta serpiente que se come su propia cola (‘oura’ = cola y ‘boros’ = comer, aunque no faltan otras interpretaciones) es un símbolo que siempre nos resulta extrañamente familiar. Carl Jung se refiere a ella como ‘un arquetipo que se abre camino en la mente humana, una y otra vez y de diversas maneras.’ Quienes empezaron a representarlo, hace tanto tiempo que quedó bien impreso en el inconsciente colectivo, habían observado, sin duda, la forma –cómo se ve aquí…- en que las serpientes se desprenden de su piel para renovarla, y encontraron ahí la perfecta imagen de unidad-un solo trazo-ciclo-ser-unión-principio y final-vida alimentándose a sí misma-continuidad…

En los últimos 3000 años, se encuentran ouroboros por todo el mundo. No sólo en Egipto, en Grecia, por todo el Mediterráneo y en la mitología nórdica; resulta muy curioso comprobar cómo otras varias culturas separadas histórica y geográficamente -mayas, aztecas y otros pueblos indígenas de América. India, China, Japón…- , exhiben este mismo símbolo sin apenas variaciones y con la misma relevancia. Las conexiones son llamativas, como en el caso de la representación que hace del ouroboros la alquimista Cleopatra en su Chrysopoeia, cerca del III adC: la mitad coloreada en negro, para aludir a la noche, la tierra negra de los alquimistas y las necesarias fuerzas destructivas de la Naturaleza (yin), y la otra mitad de blanco, el día, el cielo, la luz y las energías generadoras (yang), como unión de los opuestos, y en interesante analogía con el Yin-Yang del taoísmo chino.

Ouroboros en la Chrysopoiea de Cleopatra

El ouroboros encierra a veces las palabras griegas εν το παν, ‘en to pan’ = ‘uno en todo’ o ‘todo es uno’, y es ‘el tiempo, largo y ondeante’ , según Artemidoro de Éfeso en su ‘Interpretación de los sueños’. A veces es un dragón alado, otras parece más un gusano, y puede ser dos serpientes entrelazadas…. En sueños inspiró a Kekulé la estructura molecular cíclica del benceno, inyecta la vida en la muerte y la muerte en la vida, es el regreso a la integridad, la regeneración cíclica, el eterno retorno, el renacimiento. Y también es el ‘mar que rodea el mundo’ , ‘la pescadilla que se muerde la cola‘ y puede que hasta aquel símbolo que aprendimos en clase de mates∞∞∞

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La imagen principal es High Speed Water Shooting por Shinichi Maruyama

Take Five

Nueva York, julio de 1959. Hace calor y el humo llena el Village Gate Club. Entre el barullo de la gente que comenta, empieza a sonar la batería, cuatro compases enlazados sobre los que el piano dibuja un tema sencillo, de cuatro acordes. Se hace el silencio y sólo suena la música. Es la primera vez que Dave Brubeck y su cuarteto tocan Take Five ante una audiencia en directo, y no tienen muy claro cuál va a ser su reacción.

El jazz está muy anclado en patrones pares, y el pianista se ha propuesto desviarse del típico 4/4 y experimentar aplicando ritmos diferentes y poco o nada utilizados hasta ahora en jazz. El nombre del álbum, grabado a principios de mes en los Columbia Studios, en la calle 30 de Manhattan, Time Out, alude directamente a esta intención. En un reciente viaje por Turquía, Brubeck y su grupo han aprendido ritmos tradicionales de los músicos callejeros, así que se les ha ocurrido aplicar compases irregulares, como este 5/4 que está sonando, y que da nombre a la canción.

Suena Take Five y la gente se mira entre sí con cierto asombro. Mientras Joe Morello se afana con el solo de batería, Paul Desmond, el saxo alto y compositor de la canción, se aparta  un poco y enciende su pitillo. Lo disfruta, pensando que para eso precisamente está ideado el solo de esta canción añadida al álbum en el último momento; y, con una media sonrisa, calcula que los derechos de autor de esta “basura” : quizá le lleguen para una afeitadora… Poco más se puede esperar de este “experimento con ritmos extraños“.

La última nota queda en el aire y hay otro instante de silencio. La reacción de la gente a la novedad esta noche es unánime. Sorprendentemente para Brubeck y su cuarteto, Take Five se convierte en un éxito mundial, conocido e identificado al instante hasta por los oídos más ajenos al jazz: de hecho es el sencillo de jazz más vendido nunca. Ha inspirado otras canciones de las que sin duda recordamos alguna. Cruz Roja de América percibe alrededor de $100.00 al año por los derechos cedidos por Desmond a su muerte. Y el álbum Time Out ha llegado a ser el segundo álbum más vendido de la historia del jazz, sólo por detrás de “Kind of Blue” de Miles Davis, del mismo año, otra joya (de ritmos pares).

Compás, unidades de tiempo agrupadas, medidas… El tiempo, los tiempos. Y ese sonido analógico.

Vuelta al mito

Tú y yo sabemos qué es un mito, sin necesidad de definiciones. Un mito susurra a nuestra preciosa intuición de manera universal y diversa a la vez; a veces llega a convertirse en un dedo de gigante que apunta ahí donde más nos duele; puede que responda a las preguntas difíciles, pero su mensaje nunca es el mismo para ti y para mí. Los mitos están tejidos de condición humana y ribetean con precisión las profundidades de nuestra naturaleza: esquemas congénitos, imágenes primordiales heredadas que nos anudan a este colectivo medio chalado que nos contiene como especie; nacen con cada uno de nosotros y trascienden espacio y Tiempo.

Entramando símbolos que actúan desde nuestro subconsciente, el mito nos devuelve a los ciclos de la Tierra, a nuestro principio y fundamento primero y transcurre siempre en un Tiempo sagrado, allí en los orígenes de todo, un Tiempo primigenio en suspenso, una realidad dentro de la realidad en la que te haces y existes y es siempre infinitamente recuperable… Nos hace mucha falta, inmersos como estamos en esta cultura visual relativista, cada vez más ajena y desdeñosa del verdadero poder de la palabra: sin mito siento que camino sin rumbo, sin perspectiva de lo que soy, sin sentido ni origen, perdemos nuestra base; despojados, ya no tenemos a dónde regresar

Pero, tranquilidad, que en nuestra compleja sociedad actual, urbana, tecnológica y frenética, siguen escondidos los mitos de siempre.

A ver si acertamos a dar con esa puerta invisible que nos adentra en el siempre-aquí del mito.

φωτογραφία Eos Aurora