Ocasión

Del latín occasio, -onis, palabra compuesta del prefijo ob-/o- que indica posición frontal, y el verbo cadere (caer, sobrevenir, suceder). Sería algo así como lo que nos “cae” de frente, o “nos viene de cara”. Justo en la frente le cae a Kairós el flequillo de donde agarrarlo bien.

Correas, en su Vocabulario -1627- recoge el refránla ocasión, asilla (cogedla) por el mechón’” y también “Pintaron los antiguos la ocasión (…) con todo el cabello de la media cabeza adelante, echado sobre la frente, y la otra media de atrás rasa.”

Y Cervantes, en el Quijote (II, cap. 31), nos cuenta de Sancho «…y así, tomaba la ocasión por la melena en esto del regalarse cada y cuando que se le ofrecía.»

Solemos decir que “la ocasión la pintan calva” o “la ocasión no tiene pelos en la nuca“. También “… por los pelos.” O “cuando pase la ocasión, ásela por el mechón.”

 

Imagen: Occasio de Andrea Mantegna – Palazzo San Sebastiano, en Mantua.

Un relieve en Sición

En el ágora de Sición, el zaguán de la casa del famoso Lisipo, escultor y retratista oficial en bronce de Alejandro Magno, reformador de los cánones y gran innovador. La estatua en bronce de Kairós, con alas, balanza, flequillo… en equilibrio, parece en movimiento, en las tres dimensiones del espacio. A sus pies, también en bronce, dicen que está en relieve el siguiente epigrama de Posidipo:

«¿Quién y de dónde es el escultor? De Sición.

¿Y su nombre? Lisipo.

Y tú, ¿quién eres? La Ocasión, que todo lo somete.

¿Por qué vas de puntillas? Es que siempre voy corriendo.

Y, ¿por qué tienes ese par de alas en los pies? Yo vuelo con el viento.

¿Y por qué llevas esa navaja en la mano derecha? Como señal para los hombres de que soy más cortante que cualquier filo afilado.

¿Y el cabello sobre los ojos? Para que por él me enganche quien salga a mi encuentro.

Y, ¿por qué, en nombre del cielo, está calva tu cabeza por detrás? Porque una vez he pasado con mis pies alados, nadie puede, por mucho que lo desee, agarrarme por la espalda.

Y, ¿por qué te ha esculpido el artista? Por tu bien, extraño, y él me ha situado en este atrio como lección.»

Si es Lisipo el primero en representar a Kairós –una idea, la ocasión, un concepto filosófico al que dota de expresión plástica y atributos de significado que luego influyen poderosamente y casi sin variación hasta hoy- o si es Fidias mucho antes; si el primero en componer sobre Kairós es Posidipo o si se le adelanta en más de un siglo con un himno Ion de Quíos, igual nos da aquí: para ser perdido cualquier momento del tiempo es bueno, incluso este Kairós. Por allí veo alejarse esa nuca calva… 😉

También en música, el epigrama cantado a capella por el Ensemble del Teatro Massimo Bellini di Catania.

 

Anthologia Graeca, XVI, 275

Andrea Alciati, Emblemas – CXXI, In occasionem

Ouroboros, siglo IV

Claudio Claudiano durante su vida, transcurrida de 370 a 405, es el poeta y panegirista oficial de las cortes del emperador romano occidental Honorio y del regente y general de origen vándalo Estilicón. Nacido probablemente en Canopo y llegado de Alejandría, Claudiano muestra en este fragmento de su De Consulatu Stilichonis  una visión influida por la idea egipcia del viaje nocturno del sol, y asocia el Ouróboros con las ideas de Naturacon el Anciano de los Días, con los diversos metales y con el mito de las edades de la humanidad del que empieza hablando Hesíodo en Los Trabajos y los Días, y retoman posteriormente Platón y Ovidio.

«En un espacio remoto, impenetrable al espíritu humano, y casi

inaccesible a los dioses, está enterrada la fuente antigua de las

edades, la caverna de la eternidad inmensa, en cuyo vasto seno

está la cuna y la tumba de los siglos;

una serpiente abraza sus contornos; su diente roe en silencio; un azul

eterno embellece sus escamas; devora su cola replegada sobre su cabeza;

y, de un movimiento insensible, gira eternamente sobre sí misma.

En el umbral, sentada, guardiana venerable, la Natura, bella a pesar

de sus años; y las almas revolotean suspendidas alrededor de sus miembros.

Un venerable anciano dicta aquí sus leyes, guía la armonía de los astros,

fija su marcha y su reposo, y, por decretos inmutables, dispensa vida o muerte.

Marca lo que la marcha incierta de Marte, la de Júpiter, la rapidez de la Luna,

y la lentitud de Saturno dispensan al mundo; cuánto tiempo vagan sobre un

cielo sereno la diosa de Cytera y el dios de Cylene, compañero del Sol.

Febo se detiene a la entrada de esta caverna: la Natura avanza a su encuentro,

a pesar de su vejez, inclina sus cabellos blancos ante los espléndidos rayos del dios.

De pronto, los cerrojos se deslizan, las puertas se abren y desvelan el misterioso

santuario del Tiempo. Allí reposan, en espacios separados, los siglos, figurados en

diversos metales: aquí reunidas las edades de bronce, allá rigen los siglos de

hierro; más adelante los siglos de plata resplandecen; y, en la parte más bella de

esta casa, rojizo era el grupo de años de oro, que rara vez se ven sobre la tierra…»

 

De Consulatu Stilichonis (425-450) – Claudius Claudianus s. IV – V

 

Kairós, el tiempo oportuno

Kairós es un bello y dudoso diosecillo griego. Es una belleza juvenil, porque dicen que la belleza es siempre oportuna, y él es el mismísimo momento oportuno, el “único artífice de la belleza” divinizado; es dudoso porque se parece más a una noción filosófica que apunta más a lo cualitativo en el tiempo que a cualquiera de las divinidades primordiales o su descendencia, a pesar de haber estado ahí desde el principio del mundo. Y esto se manifiesta en que muchas veces es considerado más una deidad menor, un espíritu de la naturaleza, un daimon.

Kairós se parece más a su madre, Tique, la Fortuna-Vortumna romana, la Suerte buena a veces, veleidosa y completamente irresponsable, sin genealogías ni historia mitológica clara: en las alitas de sus pies porque ambos pasan siempre volando y sólo paran un momento y de puntillas; en la balanza familiar descabalada que nos avisa de sus oscilaciones caprichosas y sus desequilibrios –sólo ellos poseen el secreto de su propio equilibrio-; y también en ese peinado al cero a excepción del mechón-flequillo delantero, por el que puedes agarrarlo si lo pillas de frente, imposible de enganchar si ya ha pasado.

Si el abuelo Chronos, el cortador-hacedor, necesita la finitud de lo que se separa y muere para ser, (…ay, esa hoz), y Aión es el Tiempo pleno que “se libra de la carga de la edad, así como la serpiente  se libra de los anillos de inútiles escamas, rejuveneciendo mientras se lava en la corriente de las leyes del Tiempo” 2, Kairós es el momento y lugar exacto en que el arquero experto suelta la flecha infalible, la disposición y el instante precisos en que la lanzadera del telar hace pasar certeramente la trama por la urdimbre.3 Es el contexto de tiempo y espacio en que se presenta la prueba oportuna, en el influyente compendio de retórica de Aristóteles.

Solemos reconocerlo por su nombre de lejos y, casi siempre una vez que ha pasado, en el momento de inspiración, en el acontecimiento que marca un antes y un después, en la idea que resuelve el problema que no tenía remedio, en el momento imprevisto que nos obliga a salir de lo establecido: jamás es parte de un orden, ni de un argumento, ni de un plan. Y no podemos verlo llegar sin atención silenciosa y neutral, ni con prejuicios ni miedos que nos limiten. No es nada fácil distinguirlo y, sin embargo, es esencial, decisivo para el ser humano.

Kairós es el “pliegue”, la “brecha” que suspende a Chronos para situarnos en Aión.

Y es también la mayor dificultad de la comunicación en nuestro mundo digital: porque, ¿cuál es el momento/lugar apropiado en el tiempo de atención atomizada y repartida en multitareas, multimomentos, multilugares y multimedios?

 

 

 

 

1 Calístrato, Descripciones 6
Nono de Panópolis, Dionysiaca 41.180ff.
Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought: About the Body, the Mind, the Soul, the World, Time and Fate (Cambridge UP, 1951) en Stephenson, Hunter W. (2005)

Imagen: Detalle de Kairós  en el fresco de Francesco Salviati en Palazzo Sacchetti (1552-1554) en Roma

Ouroboros I

Esta serpiente que se come su propia cola (‘oura’ = cola y ‘boros’ = comer, aunque no faltan otras interpretaciones) es un símbolo que siempre nos resulta extrañamente familiar. Carl Jung se refiere a ella como ‘un arquetipo que se abre camino en la mente humana, una y otra vez y de diversas maneras.’ Quienes empezaron a representarlo, hace tanto tiempo que quedó bien impreso en el inconsciente colectivo, habían observado, sin duda, la forma –cómo se ve aquí…- en que las serpientes se desprenden de su piel para renovarla, y encontraron ahí la perfecta imagen de unidad-un solo trazo-ciclo-ser-unión-principio y final-vida alimentándose a sí misma-continuidad…

En los últimos 3000 años, se encuentran ouroboros por todo el mundo. No sólo en Egipto, en Grecia, por todo el Mediterráneo y en la mitología nórdica; resulta muy curioso comprobar cómo otras varias culturas separadas histórica y geográficamente -mayas, aztecas y otros pueblos indígenas de América. India, China, Japón…- , exhiben este mismo símbolo sin apenas variaciones y con la misma relevancia. Las conexiones son llamativas, como en el caso de la representación que hace del ouroboros la alquimista Cleopatra en su Chrysopoeia, cerca del III adC: la mitad coloreada en negro, para aludir a la noche, la tierra negra de los alquimistas y las necesarias fuerzas destructivas de la Naturaleza (yin), y la otra mitad de blanco, el día, el cielo, la luz y las energías generadoras (yang), como unión de los opuestos, y en interesante analogía con el Yin-Yang del taoísmo chino.

Ouroboros en la Chrysopoiea de Cleopatra

El ouroboros encierra a veces las palabras griegas εν το παν, ‘en to pan’ = ‘uno en todo’ o ‘todo es uno’, y es ‘el tiempo, largo y ondeante’ , según Artemidoro de Éfeso en su ‘Interpretación de los sueños’. A veces es un dragón alado, otras parece más un gusano, y puede ser dos serpientes entrelazadas…. En sueños inspiró a Kekulé la estructura molecular cíclica del benceno, inyecta la vida en la muerte y la muerte en la vida, es el regreso a la integridad, la regeneración cíclica, el eterno retorno, el renacimiento. Y también es el ‘mar que rodea el mundo’ , ‘la pescadilla que se muerde la cola‘ y puede que hasta aquel símbolo que aprendimos en clase de mates∞∞∞

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Aión, como acción perfecta con principio y fin en sí misma, sin límites, plena, que siempre está.
La imagen principal es High Speed Water Shooting por Shinichi Maruyama

Take Five

Nueva York, julio de 1959. Hace calor y el humo llena el Village Gate Club. Entre el barullo de la gente que comenta, empieza a sonar la batería, cuatro compases enlazados sobre los que el piano dibuja un tema sencillo, de cuatro acordes. Se hace el silencio y sólo suena la música. Es la primera vez que Dave Brubeck y su cuarteto tocan Take Five ante una audiencia en directo, y no tienen muy claro cuál va a ser su reacción.

El jazz está muy anclado en patrones pares, y el pianista se ha propuesto desviarse del típico 4/4 y experimentar aplicando ritmos diferentes y poco o nada utilizados hasta ahora en jazz. El nombre del álbum, grabado a principios de mes en los Columbia Studios, en la calle 30 de Manhattan, Time Out, alude directamente a esta intención. En un reciente viaje por Turquía, Brubeck y su grupo han aprendido ritmos tradicionales de los músicos callejeros, así que se les ha ocurrido aplicar compases irregulares, como este 5/4 que está sonando, y que da nombre a la canción.

Suena Take Five y la gente se mira entre sí con cierto asombro. Mientras Joe Morello se afana con el solo de batería, Paul Desmond, el saxo alto y compositor de la canción, se aparta  un poco y enciende su pitillo. Lo disfruta, pensando que para eso precisamente está ideado el solo de esta canción añadida al álbum en el último momento; y, con una media sonrisa, calcula que los derechos de autor de esta “basura” : quizá le lleguen para una afeitadora… Poco más se puede esperar de este “experimento con ritmos extraños“.

La última nota queda en el aire y hay otro instante de silencio. La reacción de la gente a la novedad esta noche es unánime. Sorprendentemente para Brubeck y su cuarteto, Take Five se convierte en un éxito mundial, conocido e identificado al instante hasta por los oídos más ajenos al jazz: de hecho es el sencillo de jazz más vendido nunca. Ha inspirado otras canciones de las que sin duda recordamos alguna. Cruz Roja de América percibe alrededor de $100.00 al año por los derechos cedidos por Desmond a su muerte. Y el álbum Time Out ha llegado a ser el segundo álbum más vendido de la historia del jazz, sólo por detrás de “Kind of Blue” de Miles Davis, del mismo año, otra joya (de ritmos pares).

Compás, unidades de tiempo agrupadas, medidas… El tiempo, los tiempos. Y ese sonido analógico.

Vuelta al mito

Tú y yo sabemos qué es un mito, sin necesidad de definiciones. Un mito susurra a nuestra preciosa intuición de manera universal y diversa a la vez; a veces llega a convertirse en un dedo de gigante que apunta ahí donde más nos duele; puede que responda a las preguntas difíciles, pero su mensaje nunca es el mismo para ti y para mí. Los mitos están tejidos de condición humana y ribetean con precisión las profundidades de nuestra naturaleza: esquemas congénitos, imágenes primordiales heredadas que nos anudan a este colectivo medio chalado que nos contiene como especie; nacen con cada uno de nosotros y trascienden espacio y Tiempo.

Entramando símbolos que actúan desde nuestro subconsciente, el mito nos devuelve a los ciclos de la Tierra, a nuestro principio y fundamento primero y transcurre siempre en un Tiempo sagrado, allí en los orígenes de todo, un Tiempo primigenio en suspenso, una realidad dentro de la realidad en la que te haces y existes y es siempre infinitamente recuperable… Nos hace mucha falta, inmersos como estamos en esta cultura visual relativista, cada vez más ajena y desdeñosa del verdadero poder de la palabra: sin mito siento que camino sin rumbo, sin perspectiva de lo que soy, sin sentido ni origen, perdemos nuestra base; despojados, ya no tenemos a dónde regresar

Pero, tranquilidad, que en nuestra compleja sociedad actual, urbana, tecnológica y frenética, siguen escondidos los mitos de siempre.

A ver si acertamos a dar con esa puerta invisible que nos adentra en el siempre-aquí del mito.

φωτογραφία Eos Aurora