Hilos, tejidos y textos

Según la RAE un texto es un enunciado o conjunto coherente de enunciados orales o escritos. La palabra proviene del latín textus: propiamente ‘trama’, ‘tejido’. Porque textus es el participio pasado de texo-texere = ‘tejer’ ‘tramar’ ‘entrelazar’ ‘urdir’.

Así que resulta que, desde siempre, textus se ha aplicado como una metáfora, se basa en una relación de comparación, de semejanza entre la urdimbre de hilos y la de palabras, aunque ya no lo recordemos. Desde luego, es una relación muy antigua; tanto que viene aún de más atrás: la raíz proto-indoeuropea teks, que significa ‘tejer’, ‘fabricar’, ‘ensamblar’, ‘artesano’, ‘carpintero’… de la que también proceden los griegos tekton = ‘estructura’, ‘construcción’, ‘obra’, y tekné = ‘técnica’, ‘arte’… ¿Nos suena? Ahora más que nunca. Y más, la raíz proto-indoeuropea tag = ‘tocar’, de la que también derivan el latino tangere = ‘tocar’ y tactus = ‘tacto’… El tacto, nuestro sentido del tacto, el único imprescindible al ser humano, al que se considera el principal de todos sentidos, pues conecta todas las terminaciones nerviosas de nuestra piel y las internas de nuestro organismo con las redes neuronales del cerebro…

En cada texto tocamos o nos tocan entonces conceptos, representaciones mentales, impresiones… el tejido que nos convierte en humanos.

«Cuando nos describimos como seres sensibles, lo que queremos decir es que somos conscientes. El significado más literal y amplio es que tenemos percepción sensorial.» Reflexiona Diane Ackerman.

El vestigio de los hilos está por todas partes en nuestro lenguaje. El hilo no es sólo una hebra de material textil, sino además la continuación de un discurso. Devanar: dar vueltas a un hilo alrededor de un eje; y desenvolver la trama de un asunto. Y el hilo de la vida, el hilo argumental, al hilo de, coger el hilo, perderlo, retomarlo, seguir o tirar del hilo, manejar hilos, no dar puntada sin hilo, pender de un hilo… La palabra latina nihil, que significa ‘nada’ procede de ne-hilum, algo como “ni un hilo”.

 «El origen de la inteligencia de los hombres reside en sus manos.» dice Anaxágoras.




En la imagen, el punto central de la Creación de Adán de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina.