No sé muy bien cuando llegó la pita a casa. Así llamamos a esta planta aquí, pero su género, cuyo centro de origen está en Méjico, recibe también el mitológico nombre de ágave, y además los americanos maguey, fique o mezcal. En la primera mudanza que recuerdo, cuando era una criatura, la pita ya hubo de ser trasladada con fuerza y mucho cuidado, en su gran maceta, de la que pasó al suelo del jardín que existía delante de nuestra nueva casa, donde creció durante muchos años más, hasta que, por obras, tuvo que ser trasladada, esta vez, con maquinaria.

En tanto, poco a poco se iba convirtiendo en un enorme y precioso ejemplar de su especie. Hoja a hoja, cada vez UNA hoja verde, alargada, suculenta, bordeada de blanco y festoneada de pinchos, y luego otra, DOS, y luego TRES, iba siguiendo su patrón geométrico, una tendencia fascinante que prevalece en la naturaleza y que resuelve de forma simple y elegante el problema del crecimiento, de manera que las hojas puedan recibir todas ellas la misma cantidad de sol y agua de lluvia sin estorbarse unas a otras.

Es una secuencia ancestral muy sencilla, en la que Fibonacci se fijó a principios del siglo XIII, en la cual cada término es la suma de los dos anteriores: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34… y que tiene una relevancia fundamental en la naturaleza: aparece y regula –aunque no en exclusiva- muchas configuraciones biológicas, desde el linaje de las abejas, pasando por las espirales que forman las pipas del girasol, el brécol romanesco, las alcachofas, las margaritas o las piñas, el crecimiento de las ramas de los árboles, las estrellas de mar, o los copos de nieve. Es una sucesión matemática que se aplica en computación y tiene singulares propiedades, entre ellas la de su especial relación con la razón áurea o divina proporción, el número Phi  Φ, que no es sino la proporción que existe en la distancia que separa las espiras de la concha de un caracol, o la distancia que hay entre tu ombligo y la planta de tus pies respecto de tu altura total…

Durante esta primavera nos sorprendió observar cómo, del mismo centro de la planta, surgía un enorme tallo floral con forma de espárrago, que crecía en vertical, casi por momentos…

Y creció y creció y, una vez que hubo llegado a medir unos 9 metros comenzó a ramificar a su vez, una, dos, tres inflorescencias,  completando de nuevo la rigurosa serie, la pauta armónica, la estructura que subyace insistentemente en la creación y, más en especial, en los organismos vivos, según su diseño misterioso y perfecto, la tecnología de la naturaleza.

 

La naturaleza sigue sus patrones, que afectan inevitablemente a nuestra noción  de belleza, y que el ser humano copia y remeda una y otra vez en sus obras, desde el Partenón, a las obras de genios como Miguel Ángel, Leonardo da Vinci o Dalí, o Beethoven, Schubert o Debussy, hasta el diseño de logotipos, y el tiempo sigue su curso. La pita que nos ha acompañado durante casi toda nuestra vida, obediente a sus constantes matemáticas y al tiempo, llega a su final con ese alarde espectacular de derroche, esta explosión de belleza desbordada y generosa.Mientras, sus hojas, cubiertas de melaza dulcísima, van perdiendo su fuerza y amontonándose –ahora sí- unas sobre otras, para descansar.  Estamos despidiéndonos de ella muy poco a poco y nos invaden sentimientos de asombro ante su ciclo de perfección, de ternura ante este coloso que se va derrumbando despacito, de pérdida y un enorme agradecimiento porque hemos sido testigos de su vida vegetal, silenciosa a la vez que maravillosamente expresiva, que se replica y se sucede a sí misma, deja mucha sucesión…

Pasan años, y todo vuelve

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