Kairós es un bello y dudoso diosecillo griego. Es una belleza juvenil, porque dicen que la belleza es siempre oportuna, y él es el mismísimo momento oportuno, el “único artífice de la belleza” divinizado; es dudoso porque se parece más a una noción filosófica que apunta más a lo cualitativo en el tiempo que a cualquiera de las divinidades primordiales o su descendencia, a pesar de haber estado ahí desde el principio del mundo. Y esto se manifiesta en que muchas veces es considerado más una deidad menor, un espíritu de la naturaleza, un daimon.

Kairós se parece más a su madre, Tique, la Fortuna-Vortumna romana, la Suerte buena a veces, veleidosa y completamente irresponsable, sin genealogías ni historia mitológica clara: en las alitas de sus pies porque ambos pasan siempre volando y sólo paran un momento y de puntillas; en la balanza familiar descabalada que nos avisa de sus oscilaciones caprichosas y sus desequilibrios –sólo ellos poseen el secreto de su propio equilibrio-; y también en ese peinado al cero a excepción del mechón-flequillo delantero, por el que puedes agarrarlo si lo pillas de frente, imposible de enganchar si ya ha pasado.

Si el abuelo Chronos, el cortador-hacedor, necesita la finitud de lo que se separa y muere para ser, (…ay, esa hoz), y Aión es el Tiempo pleno que “se libra de la carga de la edad, así como la serpiente  se libra de los anillos de inútiles escamas, rejuveneciendo mientras se lava en la corriente de las leyes del Tiempo” 2, Kairós es el momento y lugar exacto en que el arquero experto suelta la flecha infalible, la disposición y el instante precisos en que la lanzadera del telar hace pasar certeramente la trama por la urdimbre.3 Es el contexto de tiempo y espacio en que se presenta la prueba oportuna, en el influyente compendio de retórica de Aristóteles.

Solemos reconocerlo por su nombre de lejos y, casi siempre una vez que ha pasado, en el momento de inspiración, en el acontecimiento que marca un antes y un después, en la idea que resuelve el problema que no tenía remedio, en el momento imprevisto que nos obliga a salir de lo establecido: jamás es parte de un orden, ni de un argumento, ni de un plan. Y no podemos verlo llegar sin atención silenciosa y neutral, ni con prejuicios ni miedos que nos limiten. No es nada fácil distinguirlo y, sin embargo, es esencial, decisivo para el ser humano.

Kairós es el “pliegue”, la “brecha” que suspende a Chronos para situarnos en Aión.

Y es también la mayor dificultad de la comunicación en nuestro mundo digital: porque, ¿cuál es el momento/lugar apropiado en el tiempo de atención atomizada y repartida en multitareas, multimomentos, multilugares y multimedios?

 

 

 

 

1 Calístrato, Descripciones 6
Nono de Panópolis, Dionysiaca 41.180ff.
Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought: About the Body, the Mind, the Soul, the World, Time and Fate (Cambridge UP, 1951) en Stephenson, Hunter W. (2005)

Imagen: Detalle de Kairós  en el fresco de Francesco Salviati en Palazzo Sacchetti (1552-1554) en Roma

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